13 El esclavo de su esclavo

Editores (formato, definiciones y anotaciones):
Kiley Aymar, Lauren Coughlin, Evan Czulada, Zoe Marinacci y Kaley Michael

 

Cuando el Condado de Barcelona no estaba agregado a la real Corona de Espa√Īa, reinaba en Catalu√Īa un conde llamado Rodulfo. Entre los grandes potentados de su corte, privaron dos de los m√°s nobles y poderosos, mereciendo su gracia. El uno llamado don F√©lix Centellas y el otro Feliciano Torrellas. Gozaba don F√©lix el absoluto poder del gobierno de Catalu√Īa. Feliciano Torrellas, con su mucho valor, defend√≠a sus tierras del Conde de todos los enemigos; en particular, de los moros de Argel, porque el Rey moro las molestaba, en venganza de un baj√° que le hab√≠an muerto los catalanes en una batalla.

Don Félix, con el asistencia en palacio, gozaba los favores de Blanca, hermana del Conde, dama de tan rara belleza que pretendían su casamiento muchos príncipes. No quería el Conde casarla, porque era incapaz de engendrar y temía que le quitaría la corona el esposo de Blanca. No le pesaba a ella del rigor de su hermano, por estar enamorada de don Félix. Y mostrándose esquiva en los favores que le daba, lo sentía el rendido amante dándole amorosas quejas. Respondióle un día que no sería posible pasar a mayores demostraciones hasta que su hermano muriera, pues sin darle la mano de esposa se aventuraba su decoro. Estaba sin sus damas, y don Félix se arrojó a tomarla una y besándosela, la dijo:

‚ÄĒ¬°Pues no me la quer√©is dar, yo la tomar√©, para que su nieve temple el fuego que me abrasa!

Diose¬†Blanca por ofendida del atrevimiento, porque una dama entr√≥ en la ocasi√≥n. Y qued√≥ tan triste del rigor con que le trat√≥ por disimular su amor, que, ofendido de las razones, se determin√≥ a darle a entender su sentimiento. Y aquella noche se fue al terrero a dar una m√ļsica y significarle parte de lo que sent√≠a.

Como Blanca le amaba tan tiernamente, qued√≥ arrepentida de haberle tratado mal. Y conociendo la discreta dama su encubierta tristeza, le dijo: ‚ÄĒNo excusar√©, se√Īora m√≠a, el ser atrevido, pues ya conoces mi lealtad, y tengo de quejarme de que no la pagas, pues no descansas conmigo conociendo mi amor. Era¬†Rosimunda¬†hija de la ama que hab√≠a criado a Blanca, y pareci√©ndole que se pod√≠a fiar de su presencia, la respondi√≥:

‚ÄĒNo te espantes¬†de mi silencio, pues no era permitido a mi decoro decirte mi cuidado. Y pues ya le viste en el atrevimiento de mi amante, no te quiero negar parte de mi amor, pues no fuera raz√≥n.

No le pesaba a ella del rigor de su hermano, por estar enamorada de don F√©lix, y mostr√°ndose¬†esquiva¬†en los favores que le daba, los sent√≠a el rendido amante, d√°ndole amorosas quejas.¬†Respondi√≥le¬†un d√≠a que, atenta a su decoro, no se determinaba a mayor demostraci√≥n, pues no era posible darle la mano de esposa hasta que su hermano muriera.¬†Respondi√≥la: ¬ęPues yo la tomar√© ahora, pues tengo lugar de besarla¬Ľ.¬†Diose¬†Blanca por ofendida del atrevimiento. Qued√≥ tan triste el rendido caballero que se determin√≥ a darla a entender el pesar que ten√≠a, y aquella noche se fue, acompa√Īado de unos m√ļsicos, al terrero. Y despu√©s de haber referido muchas letras, cant√≥ solo la que se sigue:

Adorado imposible,

rompan mi triste acento

las pe√Īas a mis voces,

los aires con mis ecos.

¬ŅQu√© importan los favores

si, Tántalo sediento,

tengo el agua a la boca

con la sed que padezco?

¬ŅQu√© importa en mi fortuna

haber llegado al puerto,

si bebo de mi llanto

el mar en que me anego?

Aunque es mi dicha tanta,

con justa causa siento

que, cuanto m√°s la busco,

me falte al mejor tiempo.

Pues gustas de matarme,

yo moriré contento,

y si el esclavo es leal,

siempre obedece al due√Īo.

¡Quítame ya la vida,

y ha de ser advirtiendo

que est√°s con gran peligro,

pues rein√°is en mi pecho!

Pudieron tanto en el coraz√≥n de Blanca estos versos que, d√°ndole una llave maestra, le permiti√≥ entrar en su cuarto, favoreci√©ndole con tan amantes finezas, que dentro de pocos meses se sinti√≥¬†pre√Īada.

Tenía don Félix un secretario llamado Alberto, de quien pudo fiar su amoroso cuidado, mandándole que con toda diligencia previniera una ama, dándole a entender que la criatura era suya. Salió Blanca, diciéndole a su hermano gustaba de ver el mar. Amábala el Conde tanto, por verla tan obediente a su gusto, que la concedió cuanto le era pedido.

Lleg√≥¬†al¬†castillo¬†de¬†Mojuique¬†y estuvo all√≠ quince d√≠as. Pari√≥ una ni√Īa, a quien pusieron Matilde, fiando este secreto de una dama a quien estimaba. Estaba Alberto a la mira y cogiendo el dichoso fruto, fue a toda prisa en casa del ama que ten√≠a prevenida.¬†Cri√≥¬†la hermosa ni√Īa hasta edad de seis a√Īos. Sali√≥ tan parecida a su madre, que temi√≥ no se descubriera el secreto con el verdadero retrato. Determin√≥ don F√©lix, por asegurarle el temor,¬†que Alberto y el ama se fueran a vivir a un puerto de mar cerca de Barcelona, llamado Piana, donde estuvo cuatro a√Īos.

Viv√≠an melanc√≥licos sus padres con el ausencia de Matilde, porque don F√©lix no pod√≠a ir a verla por no dar sospecha.¬†Mand√≥le¬†a Alberto que, para el consuelo de su madre se la trajera¬†retratada¬†en una peque√Īa l√°mina. Hizo el leal criado la diligencia, estando determinado de llevarlo.

Sent√≠a Matilde su ausencia con tal extremo que, para enga√Īarla, la sacaba un d√≠a ante de su partida a correr el mar en¬†una¬†faluca.¬†Y contenta del paseo, le daba licencia para que se partiera. Fue tan desgraciada esta¬†postrer¬†salida que, alarg√°ndose m√°s de lo justo, fueron cautivos de repente por un pirata¬†corsario, que andaba encubierto haciendo algunas presas.

Y llevados a Argel, fue el pirata a palacio¬†cudicioso¬†de su ganancia, como la ni√Īa era tan hermosa, a presentarla¬†a la Reina¬†sultana.¬†Estim√≥ el presente, mandando que le dieran doscientas¬†doblas, porque su trato del¬†corsario¬†era vender los esclavos que cautivaba, sigui√©ndosele grandes medras. Y mirando que Alberto ten√≠a buen talle y parec√≠a noble, se lo vendi√≥ a un moro llamado Audalia, porque le ten√≠a encomendado un buen¬†esclavo.

Era Audalia estimado del Rey por su mucho valor. Serv√≠a una dama de la¬†Reina llamada¬†Tarifa, y aunque serv√≠a a su rey con lealtad era inclinado a los cristianos. Y sabido de Alberto que Matilde era su hija y que el pirata la hab√≠a llevado a palacio, le consol√≥ dici√©ndole que no llorara, que √©l encargar√≠a a Tarifa, su se√Īora, cuidara de su regalo.

No fue menester el ruego de Audalia, porque los reyes pusieron tanto amor en la cautiva que, deseosos de que dejara la Santa Fe y tomara su ley para rendirla a su voluntad, la regalaban con extremo, vistiéndola a la morisca ricas y costosas galas. El Rey por dar gusto a la Sultana, juntó sus bajáes y moros de estima y dándoles a entender el deseo de su esposa, les dijo que en las zambras y fiesta de palacio galanteasen a la cautiva, procurando reducirla a que dejara su ley. Y que prometía al que la venciera darle grandes dones. Y si estuviera enamorado de ella, prometía dársela por mujer.

Alberto, mirando su perdición cuando lo cautivaron, mientras dormía la chusma la dijo a Matilde su ilustre nacimiento y quién eran sus padres, encargándola con muchas lágrimas que guardase la Fe católica. Respondióle:

‚ÄĒNo dudes de m√≠, padre m√≠o, aunque soy ni√Īa, que yo morir√© por mi Fe aunque me maten.

Era Matilde de claro entendimiento y acord√°ndose de lo que Alberto la hab√≠a encargado, se mostraba desde√Īosa, diciendo a la Reina que ella no hab√≠a de casar con moros, pues era¬†cristiana.¬†Sinti√≥lo¬†la Sultana con tanto extremo que, a no amarla tanto, la diera muy mala vida. Y fiada en el tiempo y en los muchos regalos que la hac√≠an,¬†templaba su enojo, creyendo ser√≠an bastantes a vencerla.

En esta ocasi√≥n sucedi√≥ que Audalia sali√≥ con sus¬†galeotas¬†a correr las¬†costas de Catalu√Īa,¬†para hacer algunas entradas de importancia. Tuvo Feliciano aviso y sali√≥ a recibirle, con tan dichoso acierto que Audalia fue cautivo. Volvieron las galeotas a Argel, y el Rey moro, sintiendo su p√©rdida, trat√≥ de rescatarle, envi√°ndole a Feliciano muchos y ricos dones y mil doblas.

El noble catalán, como Audalia era tan valeroso, le trató con tanta cortesía que le sentaba a su mesa, mandando a sus criados le sirvieran como a su misma persona. Agradecido, el moro le cobró tan verdadero amor que, a no estar enamorado de Jarifa, diera por bien empleado su cautiverio.

Venidos los embajadores del Rey moro, dieron a Feliciano su¬†embajada.¬†Respondi√≥les¬†que no le dar√≠a por la corona real, porque Audalia hac√≠a muchos da√Īos en las tierras del Conde su se√Īor, y que teni√©ndole preso se¬†atajaban. Partieron los embajadores y retir√°ndose el afligido moro a su aposento, her√≠a su¬†rostro¬†con duras bofetadas, d√°ndose tantos golpes en su cuerpo que no le pod√≠an detener los criados. Dieron aviso a su due√Īo y venido al aposento, le dijo:

‚ÄĒ¬ŅQu√© es esto,¬†Audalia? ¬ŅC√≥mo te dejas llevar de tu¬†furor? ¬ŅTan mal tratamiento te hago? ¬ŅNo te regalo y te estimo? ¬°Mal pagas mi voluntad!

Respondióle:

‚ÄĒAmado se√Īor de mi coraz√≥n, no siento yo el verme en tu poder… Mayor es mi desdicha.

Díjole Feliciano:

‚ÄĒPues dime lo que sientes, que te juro por quien soy de remediar tu pena, si est√° en mi mano.

Respondióle:

‚ÄĒ¬°Si cumples tu palabra, yo te juro por Al√° que yo y¬†mi amada Jarifa¬†seremos eternamente tus esclavos!

Y dándole cuenta de sus amores, remató su plática con decirle:

‚ÄĒMira, se√Īor amado, si tengo raz√≥n de llorar, pues me veo yo cautivo considerando que es Jarifa de las m√°s hermosas moras que tiene Argel, y estimada de la Sultana, servida de los moros de mayor estima. Y que, yo ausente,¬†trocar√°¬†su amor en olvido.

Acabó estas palabras, y con tantas lágrimas, que enterneció el noble corazón de Feliciano; y le respondió:

‚ÄĒDarte libertad f√°cil es para m√≠, si me prometes, como noble, no tomar las armas en contra del Conde.

Arrojóse a sus pies, diciéndole:

‚ÄĒHasta ahora fui tu cautivo: ya soy tu esclavo, y tan leal, que te juro de volver a tu poder en gozando la hermosa mano de mi adorada mora.

‚ÄĒNo quiero yo que vuelvas ‚ÄĒle dijo Feliciano‚ÄĒ. S√≥lo quiero que cumplas tu palabra, no inquietando las costas de Catalu√Īa.

Y dándole pasaporte y una nave proveída de lo necesario, le dejó partir.

Llegado a Argel, fue a palacio y el Rey, contento y admirado de verlo, le preguntó:

‚ÄĒ¬ŅQu√© dicha es esta, pues mi presente no bast√≥ a rescatarte?

Diole cuenta de todo, suplicándole lo emplease en la guerra en contra de otros enemigos, permitiéndole que cumpliera su palabra.

‚ÄĒYo te estimo tanto ‚ÄĒle dijo el Rey‚ÄĒ que no quiero aventurar tu persona. No salgas de la corte sin mi orden, y pues Jarifa es causa del contento que me ha dado el verte, luego al punto la dar√°s la mano.

Besóle Audalia los pies, agradeciendo su dicha. Otro día se celebró con mucha zambra y fiestas.

Qued√≥ tan abrasado de celos un poderoso baj√°, que se determin√≥ de pedir licencia al Rey para seguir las costas de Catalu√Īa, pues Audalia las hab√≠a dejado.¬†Fuele¬†concedida la licencia, y d√°ndose al mar, sigui√≥ su derrota.

Como Feliciano estaba seguro de que Audalia cumplir√≠a la palabra dada, quiso descansar algunos d√≠as. Y saliendo a recorrer los puertos para ver lo que faltaba en ellos, pareci√©ndole que el mar estaba seguro, no fue con¬†pertrecho¬†de guerra suficiente. Llevaba en su compa√Ī√≠a hasta cien soldados. Fueron asaltados de repente de unas galeotas que tra√≠a el baj√°. Contento con la presa, pareci√©ndole eran hombres de importancia, dio la vuelta a Argel, sin saber lo que llevaba, que no fue poca dicha para Feliciano.

Desembarcados, mandó el bajá llamar a un corredor, encargándole vendiese aquellos esclavos para aumento de las pagas de sus soldados. Puestos en el mercado, salió Audalia a verlos, como supo que eran catalanes. Y conociendo a Feliciano, fue tanto su pesar que no fue poco disimular su pena. Llegándose al corredor, le preguntó cuánto quería por aquel esclavo. Pidióle trescientos zequíes, y sin reparar a la paga le compró y llevó consigo. No le conoció el afligido caballero, por las muchas galas que vestía.

Llegados a su casa, le mandó esperar en una sala. Y entrando al cuarto de su esposa, mandó retirar las cautivas, y quedándose solos le dijo:

‚ÄĒQuerida esposa, tengo en mi poder el due√Īo que adoro y que me dio la vida, pues gozo por su causa tu hermosura.

Ten√≠an intento de recibir la Fe cat√≥lica, y porque Jarifa amaba con tierno amor a Matilde, no hab√≠a Audalia hecho¬†fuga, esperando ocasi√≥n para poderla robar. Y saliendo a la sala donde estaba su due√Īo, arrodill√°ndose en su presencia, le dijo:

‚ÄĒAmado se√Īor, da la mano a tus esclavos. Mi Audalia te compr√≥ para darte libertad y ganar perpetua fama con el¬†blas√≥n¬†de su lealtad, pues desde¬†hoy ser√° esclavo de su esclavo.

Quedó Feliciano tan turbado del impensado gozo que no acertaba a responder. Y echándole los brazos al cuello a su leal siervo, le dijo:

‚ÄĒ¬°Ya, noble Audalia doy por bien empleada mi desgracia, por haber conocido tu leal coraz√≥n!

Rog√°ndole que se sentara y d√°ndole a entender el prop√≥sito que ten√≠an de ser cristianos y volver a su poder, le cont√≥ Audalia el cautiverio de Matilde y el intento de los reyes. Y que √©l ten√≠a en su casa a su padre, ocupado en los jardines.¬†Pidi√≥le¬†Feliciano que le llamara. Respondi√≥ Audalia ser√≠a mejor bajar al jard√≠n los dos,¬†por que¬†sus moros no entendieran nada; y que ser√≠a a prop√≥sito que asistiera all√≠ en compa√Ī√≠a de Alberto, mientras se dispon√≠a su viaje.¬†Respondi√≥le¬†Feliciano que fuera de suerte que se partieran juntos, porque no dejar√≠a Argel hasta llevarle consigo.

Llegados al jardín, le dijo Audalia a Alberto:

‚ÄĒNoble cautivo, ves aqu√≠ a Feliciano, mi se√Īor, de quien tantas veces habl√©. Ya le he contado el cautiverio de tu hija. F√≠a en Dios, que con su venida tendremos buen suceso. S√≥lo temo que por su p√©rdida no env√≠e el Conde su rescate antes de nuestra fuga.

‚ÄĒNo hay que temer eso ‚ÄĒrespondi√≥ Feliciano‚ÄĒ, porque su Alteza queda tan malo que dudo de su vida, y no se atrever√°n a darle¬†pesadumbre.

Quedó Audalia contento, encargándole a Alberto cuidara de su regalo. Con esto, se despidió, mandándole a una cautiva le aderezase una sala en que asistiera.

Quedando solo Alberto con Feliciano, le dijo:

‚ÄĒPues mi dicha ha sido tanta que os trajo Dios en esta ocasi√≥n, mirad, se√Īor Feliciano, este¬†retrato, y os dir√© un secreto que nunca sali√≥ de mi pecho.

Miró el retrato y admirado de su rara belleza, le preguntó si era de su hija perdida. Respondióle:

‚ÄĒS√≠, se√Īor. Venid conmigo, que s√≥lo de vuestro valor fiar√° mi lealtad un secreto tan importante.

Y sentándose en la basa de una hermosa fuente, debajo de unos capados naranjos, le contó quién era Matilde, diciéndole que, como Audalia era privado del Rey, le permitían que la fuese a ver creyendo que era su padre. Que pues el Rey daba licencia para que la galantearan, que mirase qué orden podría haber para sacarla de cautiverio, pues Audalia se mostraba tan favorable. Respondióle, como ya le había dicho, que tenía intento de robarla.

Otro día, bajó Audalia a saber cómo lo había pasado aquella noche. Respondióle Feliciano que muy bien y que, seguro de su lealtad, le pedía pagase la fineza que le debía, pues le había dado libertad por que gozara de su amada Jarifa, que él estaba enamorado de Matilde, que ya no sería posible vivir sin verla: que le llevase a palacio, para que gozara de su amada vista. Respondióle Audalia que si le llevaba como cautivo no sería estimado, que vistiese galas a la morisca, pues no era conocido, y que daría a entender al Rey que era su deudo y que había estado mucho tiempo cautivo, y que se le llevaba presentado para que le ocupara en su servicio. Sabía Feliciano mucha parte de la lengua arábiga; pareciéndole bien la determinación del prudente moro, le dijo la pusiera por obra.

Hici√©ronse las galas, y Audalia dijo a Jarifa fuese a ver a la Reina y diese a entender a Matilde qui√©n era Feliciano, por que no se mostrase esquiva¬†teni√©ndolo por moro. Fue la discreta mora a palacio, y fue bien recibida de la Sultana por lo mucho que la estimaba. Dio cuenta a Matilde del concierto de su esposo pidi√©ndole que diese favores a su se√Īor Feliciano, asegur√°ndole que merec√≠a gozarla por amada y esposa. Ten√≠a Matilde satisfacci√≥n de que Jarifa guardaba en secreto la ley cristiana, y dando cr√©dito a lo que le dijo no supo palabras con que agradecerle el cuidado, prometiendo hacer lo que le ped√≠a.

Pareci√©ndole a Audalia era hora de ejecutar su enga√Īo, le mand√≥ a Alberto hiciera unos¬†ramilletes¬†que llevar a la Reina, para darle lugar de que viera su hija. Llegados a palacio, dijo al Rey lo que llevaba determinado, a√Īadiendo que¬†Mostaf√°, su primo, era tan cierto que, si le daba licencia de servir a la cristiana, no hab√≠a duda de que la vencer√≠a. Qued√≥ el Rey tan pagado del buen talle de Feliciano que le dio oficio de secretario, dici√©ndole que si venc√≠a a la cautiva, cumplir√≠a la palabra que ten√≠a dada: que acudiera a la tarde¬†al sarao¬†que hab√≠a en palacio.

Volvieron tan contentos con el buen despacho que habían tenido, que no acertaba Feliciano a encarecer su gusto. Díjole Audalia:

‚ÄĒPues ahora falta lo m√°s importante. Alberto se ha de partir a Barcelona con tus cartas, pidiendo ayuda para cuando llegue el d√≠a de nuestra ida. Yo pedir√© al Rey licencia para salir a resistir las galeotas que vinieren, porque de otra suerte tenemos peligro de¬†riguroso¬†castigo, si el Rey entendiera que dej√°bamos la ley mora. Dir√°s por tu carta: ¬ęSe√Īor, que vengan las¬†galeotas¬†en p√ļblico, haciendo¬†estrago¬†y avisando las esp√≠as de su venida.¬Ľ Ser√° f√°cil el dejarnos prender, y conseguiremos el dichoso fin de nuestro intento. Tambi√©n se advertir√° en la carta que, en llegando a dar vista, se pondr√° en nuestra galeota una bandera en la¬†gavia,¬†para que conozcan que vamos dentro.

Abraz√≥le¬†Feliciano, estimando su lealtad y alabando su entendimiento. Y por ser hora de ir a la fiesta, le pidi√≥ que no se detuvieran porque deseaba ver a su due√Īo. Subi√≥ Alberto con¬†los ramilletes, tom√≥ Feliciano uno de c√°ndidas¬†mosquetas. Cuando llegaron a palacio, estaba empezado el¬†sarao¬†y visto que danzaban algunos moros con las damas, esperaron a que dejaran el sitio. Entr√≥ Alberto a dar los ramilletes y dijo a los m√ļsicos que tocasen un canario a la¬†morisca, porque¬†Mostaf√°¬†quer√≠a danzar en presencia de los reyes. Tocaron el son que les fue pedido, y entrando en la sala, hecha la reverencia acostumbrada, danz√≥ con el ramillete de las mosquetas en la mano cantando la letra que se sigue:

Estas flores son pintura

de vuestra hermosura y gala:

a la mosqueta se iguala

vuestra c√°ndida blancura.

Presagio es de mi ventura,

cuando os pido que troquéis

conmigo la Fe, y veréis,

cristiana, pues ya os adoro,

que estimo en vuestro decoro

lo mucho que merecéis.

Acabada la danza, hizo reverencia a los reyes. Llegó al estrado de las damas: besando el ramillete, se le dio a Matilde. Tomóle, diciéndole:

‚ÄĒMoro, no puede ser por ahora el daros la fe que me ped√≠s. Bastar√° que os favorezco en recibir la que me ofrec√©is en estas flores, cosa que no pens√© hacer, pues, siendo cristiana, ni puedo amaros ni permitir que me am√©is.

Quedaron los reyes contentos de verla humana, cuanto celosos los pretendientes; en particular un moro llamado Zulema. Y dándole al Rey la queja de que había admitido a Feliciano en el sarao, le respondió:

‚ÄĒMostaf√°¬†es noble, y primo de Audalia.¬†¬ŅDe qu√© es tu queja, cuando conoces que ninguno de vosotros gozar√° a la cristiana por mujer, si no fuere el que la obligare a dejar su ley y seguir la nuestra? Trabaja por vencerla y ser√° tuya.

Con esto cesó el festín y acabada la fiesta, vueltos a casa Audalia y Feliciano, se determinó que Alberto se partiera, dando a entender que los redentores de la Merced, que estaban al presente en Argel, se le habían rescatado a Audalia para llevárselo con los demás cautivos.

Navegaron con tan pr√≥spero viento que en breves d√≠as tomaron puerto en Barcelona. Y desembarcados, supo que el Conde era muerto, y que Blanca hab√≠a dado la mano de esposa a don F√©lix, su se√Īor. Con el contento de tal nueva, pidi√≥ al padre redentor le permitiese ir a ver al Conde, y que le aseguraba una gran limosna.¬†Diole¬†licencia, y llegado al palacio, le conocieron todos. Y d√°ndole la nueva a don F√©lix, mand√≥ le trajesen a su presencia. Y quedando a solas con √©l, le dijo:

‚ÄĒ¬ŅQu√© es esto, Alberto? ¬ŅD√≥nde est√° mi hija? ¬ŅQu√© cuenta me¬†d√°is¬†de la joya que os entregu√©? Siempre os tuve por traidor, desde el d√≠a que¬†fuist√©is¬†a donde no supe de vos.

Respondi√≥le: ‚ÄĒAntes por ser tan leal no ha sabido vuesa Alteza de m√≠…

Y después de darle el parabién del nuevo estado, le dijo:

‚ÄĒLea vuestra Alteza esta carta, y ver√° en ella d√≥nde est√° su prenda y lo mucho que debe a mi lealtad.

Abrió la carta, y leída, quedó admirado de que Feliciano estuviera cautivo, porque en Barcelona se entendía que andaba corriendo los mares en su acostumbrado ejercicio. Diole Alberto cuenta de todo, y quedó espantado de la nobleza y lealtad de Audalia. Y entrando al cuarto de su esposa, la dio las alegres nuevas, diciéndole estaba determinado de ir en persona a traer a su hija. Y previniendo a toda prisa seis galeras con el pertrecho y matalotaje suficiente a guisa de pelea, y partiendo con la referida prevención, tomó su derrota.

Dentro de pocos d√≠as, dieron aviso las esp√≠as de su venida.¬†Alborot√≥se¬†el Rey moro con la¬†impensada¬†nueva, mandando a toda prisa se previnieran para salir al encuentro. Pidieron Audalia y Feliciano licencia al Rey para salir, diciendo Audalia que, pues el catal√°n los inquietaba, no deb√≠a √©l cumplir la palabra que le hab√≠a dado.¬†T√ļvolo¬†el Rey por bien, seguro de su valor. Y armando sus galeotas a toda diligencia, procur√≥ entrar en la suya todos los m√°s cristianos que pudo, diciendo que aquellos perros hac√≠an secta en la ciudad y era mejor darlos al remo.

Un día antes de la embarcación, fue Jarifa a suplicarle a la Reina diera licencia a las damas para que fueran con ella a ver partir a su esposo, pues era día de tanta fiesta. Concedióle la Sultana lo que pedía, y Matilde le rogó la dejara ir con ellas. Respondióle:

‚ÄĒSi t√ļ hicieras lo que yo quiero, yo te diera gusto en lo que me pides.

Dijo Matilde:

‚ÄĒYo, se√Īora m√≠a, te prometo, si me casas con¬†Mostaf√°, de darte gusto. Que el mucho amor que le tengo me obliga, con el sentimiento de su ausencia, a pedirte que me dejes ir a verle partir.

Quedó tan contenta la Sultana que recabó del Rey permisión para dejarla ir.

Llegadas todas a la playa acompa√Īadas de la guarda, les pidi√≥ Audalia que entraran en su galeota, pues estaba¬†amarrada, para ver desde all√≠ la¬†embarcaci√≥n. No quisieron entrar las damas, temiendo el mar, y Matilde le pidi√≥ a Jarifa que entrasen las dos, porque gustar√≠a de ver a¬†Mostaf√°, contentas las moras de verla inclinada a quererlo, creyendo que estaba determinada a dejar la Santa Fe. Pidieron al capit√°n de la guarda que, pues los reyes gustaban de aquello, la dejase entrar.

Embarcólas Audalia, contento de su dicha, habiendo metido aquella noche de secreto en la galeota toda su riqueza. Quiso esperar, para asegurarlos a que se embarcaran los capitanes y moros de pelea, y cortando las amarras, alzadas las áncoras, partió la galeota, siguiendo a las demás con tan poderosa ligereza que pareció que usaba más parte de los vientos que de las aguas.

Turbados de verla partir los que estaban en tierra, fueron a dar cuenta al Rey pareciéndole a la Sultana que sería descuido de los marineros, y que, estando Jarifa dentro, volvería la galeota al puerto.

‚ÄĒAntes ‚ÄĒdijo el Rey‚ÄĒ que se arme a toda prisa una fal√ļa y vaya por las mujeres.

Para excusarles ese enfado a Audalia, fueron a ponerlo por obra, mas no fue con tanta brevedad que no diesen lugar, como el viento era favorable, a que se¬†engolfaran, lo que les bast√≥ para dar vista a las galeras que ven√≠an en su busca. Puso Feliciano la se√Īal, y conociendo don F√©lix era aquella galeota en que ven√≠an, dio orden de que pasara la palabra en sus galeras, para que salieran a impedir el paso a las otras galeotas, para que no dieran favor a la que tra√≠a la banderola. Y que, en disparando un ca√Ī√≥n de cruj√≠a su galera,¬†embistieran¬†las dem√°s a la resistencia. Y¬†bogando¬†a toda prisa los remeros, lleg√≥ la galeota a dar cara, embistiendo con la galeota. Aunque hizo Audalia demostraci√≥n de pelea, dio lugar a que de la galera arrojasen los ferros para prenderla; y habi√©ndola asido, se dispar√≥ el tiro. Salieron las damas a la se√Īal, disparando en ellas las piezas de artiller√≠a. Reconocieron los moros que iban cautivos Audalia y¬†Mostaf√°¬†y temerosos, mirando que las galeras les hac√≠an ventaja, se pusieron en¬†hu√≠da.¬†Sigui√©ronlos¬†hasta perder de vista la galera de su due√Īo, y pareci√©ndoles a los capitanes de galera que ya estaba en salvamento, cortando las aguas volvieron en su seguimiento. Y conociendo las fugitivas galeotas la chalupa¬†que ven√≠a, la detuvieron, contando lo que pasaba. Y sabido por el Rey la desgracia, sinti√≥ la p√©rdida de Audalia y de Matilde con tanto extremo que no se puede encarecer.

Llegados los dichosos catalanes al puerto y desembarcados, fueron recibidos de Blanca con tantas lágrimas de ver su amada prenda, que causó general ternura en todas. Abrazando a Jarifa, le dijo:

‚ÄĒ¬°Noble mora, due√Īo ser√°s de cuanto tengo!

Hincó la rodilla, diciendo:

‚ÄĒYo, se√Īora, ser cristiana. No quiero en premio m√°s de que nos bauticen a m√≠ y a m√≠ esposo.

Prometi√≥ hacerlo en descansando, porque quer√≠a ir a visitar a la Virgen sant√≠sima de Monserrate para darle las gracias de tanto bien.¬†Previni√©ronse¬†cuatro l√°mparas de cuatro mil ducados cada una, ricas telas para frontales y ornamentos, y dos mil ducados para el aumento de la caridad que se da a los muchos peregrinos que visitan aquel santuario. Estuvieron todos nueve d√≠as en su santa casa; fueron bautizados en ella los dos nobles moros, pidiendo Jarifa le pusieran el nombre de aquella divina Se√Īora, y fue llamada Mar√≠a de Monserrate. Y pregunt√°ndole a Audalia qu√© nombre quer√≠a, respondi√≥ que, pues los hab√≠a servido a entrambos, que sus dos nombres, pues hab√≠a sido tan feliz que se hab√≠a logrado su intento. Y as√≠, le pusieron F√©lix Feliciano.

Y venidos a la Corte, les dijo que sería bueno enviarle al Rey un presente, en agradecimiento del buen tratamiento que le había hecho a Matilde. Parecióles bien su prudente consejo, y don Félix mandó que todos los moros que fuesen de Argel pareciesen en su presencia para vestirlos, diciéndole a Audalia sacase a su voluntad galas dignas de reina para la Sultana, enjaezando cien caballos encubertados de brocado y cuatro mil treintines de oro, enviando dos grandes de su Corte. Lo envió todo al Rey diciéndole en una carta que no le enviaba a Audalia y a Jarifa porque habían recibido el santo Bautismo, y que Matilde era su hija y le enviaba aquel presente en rescate.

Llegada la nave al puerto de Argel, sabido el Rey que ven√≠an de paz, dio licencia para que saltaran en tierra. Llegados a palacio, refirieron el presente que tra√≠an, dando la carta. Y considerando el moro que ya no ten√≠a remedio, y mirando la noble correspondencia de los dos valerosos catalanes, les envi√≥ su¬†embajada¬†agradeciendo el presente. Y que, en demostraci√≥n del grande amor que hab√≠a tenido a Matilde, quer√≠a tener con ellos perpetuas paces, empe√Īando su real palabra de no¬†quebrantarlas.

Volvieron los embajadores contentos con la buena nueva, renov√°ndose en Barcelona muchas y alegres fiestas. Y Audalia pidi√≥ a su due√Īo que, en perpetua memoria de su lealtad, se hiciera una pintura en que retratara todo lo referido; y se pusiera en parte p√ļblica donde fuera vista de todos. Prometi√≥ darle gusto, y mand√≥ que en lo alto de una pared se hiciera un grande nicho a modo de capilla, mandando a un diestro pintor que, tomando la medida del √°mbito, retratara una peque√Īa imagen de¬†la¬†Virgen sant√≠sima de¬†Monserrate,¬†y que pintara a los lados a¬†Audalla¬†y a Jarifa con galas de cristianos, y que cupiese un mapa en que se retratase todo lo sucedido. Y que en lo alto pintase la Fama, con su trompeta en la una mano y en la otra una tarjeta; y en ella, escrito de letras g√≥ticas, este verso:

Cante la Fama inmortal

de la firmeza que alabo,

que fue esclavo de su esclavo

Audalia por ser leal.

Acabadas las pinturas, se adornaron las calles de ricas colgaduras y suntuosos altares, y llevaron a la divina Imagen con solemne procesión, y puesta en lo alto del nicho y el mapa debajo, con una dorada reja por delante.

Vivieron todos despu√©s largo tiempo, gozando Audalia el oficio de¬†Mayordomo Mayor¬†y Jarifa el de Camarera. Cas√≥ Alberto con una dama de Blanca, gozando cuatro lugares de se√Īor√≠a. Tuvo Matilde dos hijos varones, que reinaron despu√©s con gloriosa memoria.

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